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la trastienda

un lugar en el mundo...
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10/24/2005

¡Que lástima!

¡Qué lástima!

que yo no pueda cantar a la usanza

de este tiempo lo mismo que los poetas que hoy cantan!

 

¡Qué lástima

que yo no pueda entonar con una voz engolada

esas brillantes romanzas

a las glorias de la patria!

¡Qué lástima

que yo no tenga una patria!

 

Sé que la historia es la misma, la misma siempre, que pasa

desde una tierra a otra tierra, desde una raza

a otra raza,

como pasan

esas tormentas de estío desde ésta a aquella comarca.

 

¡Qué lástima

que yo no tenga comarca,

patria chica, tierra provinciana!

Debí nacer en la entraña

en la estepa castellana

 

Y fui a nacer en un pueblo del que no recuerdo nada:

Pasé los días azules de mi infancia en Salamanca,

Y mi juventud, una juventud sombría, en la montaña.

 

Después ... ya no he vuelto a echar el ancla

y ninguna de estas tierras me levanta

ni me exalta

para poder cantar siempre en la misma tonada

al mismo río que pasa

rodando las mismas aguas,

al mismo cielo, al mismo campo y en la misma casa.

 

¡Qué lástima

que yo no tenga una casa!

Una casa solariega y blasonada,

una casa

en que guardara,

a más de otras cosas raras,

un sillón viejo de cuero, una mesa apolillada

y el retrato de un mi abuelo que ganara

una batalla.

¡Qué lástima que yo no tenga un abuelo que ganara

una batalla,

retratado con una mano cruzada

en el pecho, y la otra mano en el puño de la espada!

Y, ¡qué lástima

que yo no tenga siquiera una espada!

 

 Porque .... ¿qué voy a cantar si no tengo ni una patria,

 

ni una tierra provinciana,

ni una casa

solariega y blasonada, ni el retrato de un mi abuelo que ganara

una batalla,

ni un sillón viejo de cuero, ni una mesa, ni una espada?

 

¡Qué voy a cantar si soy un paria

que apenas tiene una capa!

 

Sin embargo... en esta tierra de España

y en un pueblo de la Alcarria

hay una casa

en la que estoy de posada

y donde tengo, prestadas,

una mesa de pino y una silla de paja.

Un libro tengo también. Y todo mi ajuar se halla

en una sala

muy amplia

y muy blanca

que está en la parte más baja

y más fresca de la casa.

Tiene una luz muy clara

esta sala

tan amplia

y tan blanca...

 

Una luz muy clara

 

que entra por una ventana

que da a una calle muy ancha.

Y a la luz de esta ventana

vengo todas las mañanas.

Aquí me siento sobre mi silla de paja

y venzo las horas largas

leyendo en mi libro y viendo cómo pasa

la gente al través de la ventana.

Cosas de poca importancia

parecen un libro y el cristal de una ventana

en un pueblo de la Alcarria,

y, sin embargo, le basta

para sentir todo el ritmo de la vida a mi alma.

Que todo el ritmo del mundo por estos cristales pasa

 

cuando pasan

ese pastor que va detrás de las cabras

con una enorme cayada,

esa mujer agobiada

con una carga

de leña en la espalda,

esos mendigos que vienen arrastrando sus miserias de Pastrana,

y esa niña que va a la escuela de tan mala gana.

¡Oh, esa niña! Hace un alto en mi ventana

siempre y se queda a los cristales pegada

como si fuera una estampa

¡Qué gracia

tiene su cara

en el cristal aplastada

con la barbilla sumida y la naricilla chata!

Yo me río mucho mirándola

y la digo que es una niña muy guapa...

Ella entonces me llama

¡tonto!, y se marcha.

¡Pobre niña! Ya no pasa

 por esta calle tan ancha

caminando hacia la escuela de mala gana,

ni se para

en mi ventana,

ni se queda a los cristales pegada

como si fuera una estampa.

Que un día se puso mala,

muy mala, y otro día doblaron por ella a muerto las campanas.

 

Y en una tarde muy clara,

por esta calle tan ancha,

al través de la ventana,

vi cómo se la llevaban

en una caja muy blanca...

En una caja muy blanca

que tenía un cristalito en la tapa.

Por aquel cristal se la veía la cara

lo mismo que cuando estaba

pegadita al cristal de mi ventana ...

Al cristal de esta ventana

que ahora me recuerda siempre el cristalito de aquella caja

tan blanca.

Todo el ritmo de la vida pasa

por este cristal de mi ventana ...

¡Y la muerte también pasa!

 

¡Qué lástima

que no pudiendo cantar otras hazañas,

porque no tengo una patria,

ni una tierra provinciana,

ni una casa solariega y blasonada,

ni el retrato de un mi abuelo que ganara

una batalla,

ni un sillón viejo de cuero, ni una mesa, ni una espada,

y soy un paria

que apenas tiene una capa ...

venga, forzado, a cantar cosas de poca importancia!

 

León Felipe

 

 

 

 

 

 

10/20/2005

Tierra desvastada

 

 

La pequeña historia de África es así: fue quizá la cuna de todos los hombres, así como Irak – entre el Eufrates y el Tigris—lo fue de la civilización que ha venido a ser contemporánea en el mundo, y aún se reza a leyendas de entonces. Perdió en cambio la carrera de las armas; los árabes del norte la devastaron, fueron los mejores esclavistas que llevaban a las costas, para los barcos europeos, los hombres fuertes y las mozas fértiles: lo que les parecía la mejor raza. Llegaron los europeos para hacerles esclavos a domicilio –que sacaran de su tierra el oro, los diamantes y otros minerales y se los dieran a ellos— a cambio de la miseria mitigada. Se fueron los árabes, los europeos: les dejaron una unidad de países cuyas tribus no se entendían, y una separación de tribus para países nuevos. Les dejaron –dejamos—unas estructuras económicas que sólo servían para la metrópolis colonizadora, y se fueron, poniendo en cada país un tirano que les fuera conveniente, generalmente alumno de sus academias militares. Es decir, dejaron hambre, desunión, tierras enfrentadas: dejaron la muerte. Los episodios de hoy forman parte de esa historia: los europeos les ponen vallas y les disparan, los árabes los sueltan en el desierto sin agua ni víveres. Y es sólo un episodio más.

 

miércoles 12 de Octubre 2005

                                                         Eduardo Haro Tegclen

 

10/15/2005

El gran orinador

 
 
El gran orinador era amarillo
y el chorro que cayò
era una lluvia color de bronce
sobre las cúpulas de las iglesias,
sobre los techos de los automòviles,
sobre las fábricas y los cementerios,
sobre la multitud y sus jardines.

Quién era, dònde estaba?

Era una densidad, líquido espeso
lo que caía
como desde un caballo
y asustados transeúntes
sin paraguas
buscaban hacia el cielo,
mientras las avenidas se anegaban
y por debajo de las puertas
entraban los orines incansables
que iban llenando acequias, corrompiendo.
pisos de mármol, alfombras,
escaleras.

Nada se divisaba. Dònde
estaba el peligro?

Qué iba a pasar en el mundo?

El gran orinador desde su altura
callaba y orinaba.

Qué quiere decir esto?

Soy un simple poeta,
no tengo empeño en descifrar enigmas,
ni en proponer paraguas especiales.

Hasta luego! Saludo y me retiro
a un país donde no me hagan preguntas.

 

                                  Pablo Neruda

 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

Diamante Vikingo

Lo que más detesto de una buena historia es su final, cuando la imaginación termina su  trabajo.

 

I

 

Todo empezó, como tantas historias, una tarde nublada de otoño. Fue en una pulpería de las afueras de Rancho Viejo. Hace de esto lo menos veinte años.

 

Por entonces, trabajaba a las órdenes del Vocero del Interior, periódico de provincias adherido a la hoy desaparecida Federación Católica de la Prensa. Acababa de dar por concluido un encargo de la redacción, que consistía en compendiar las costumbres pastoriles de las familias ranchoviejas más arraigadas del lugar.

 

            Dos meses había tardado en cubrir el trabajo, escudriñando en la memoria volátil de longevos paisanos que aún conseguían recordar la estampa fiera de remotos caudillos federales. Además de por su inestimable valor antropológico, supe apreciar a esas gentes por su sabiduría reposada, de la que aprendí algunas de las sutiles leyes con que se gobierna la naturaleza: supe cómo detectar los cambios del clima fijándome en el color de los yuyales, cómo adivinar las vizcacheras de a caballo, cómo prescindir del teléfono.

 

            La estación de ferrocarril de Rancho Viejo, que unía el poblado a la Capital por medio de un ramal secundario, distaba del pueblo unos cinco kilómetros y llevaba por nombre el de Cuatro Reyes. Asaltó mi curiosidad periodística la doble anomalía en que incurría la destartalada estación: hallarse lejos del poblado al que servía, sin ninguna razón topográfica que lo justificara, y no llevar su nombre.

 

            Meses más tarde, en la Biblioteca Provincial y de pura chiripa, conseguí descubrir una pista que me permitió esclarecer parcialmente el misterio: se trataba de la transcripción de un documento de la Corona Británica, fechado en 1819, autorizando la construcción de cuatro depósitos de grano, localizados a unos doscientos cincuenta kilómetros de la Capital, dirección sudeste, que deberían recibir los nombres de otros tantos monarcas ingleses. Los hostigamientos montoneros impidieron la finalización de las obras, pero esos graneros fueron, sin duda, el germen de lo que hoy es la estación Cuatro Reyes, cuyo origen toponímico resulta evidente.

 

 

            Sin embargo, ese hallazgo no aclaraba la secreta razón que impidió a Rancho Viejo crecer a la sombra de Cuatro Reyes. Durante meses estudié el macabro recorrido de las devastadoras pestes que a mediados del siglo pasado asolaron la provincia, por si, huyendo de ellas, los colonos ranchoviejos de entonces hubiesen modificado el emplazamiento natural del poblado. Pero, en la documentación que pude hallar, mayoritariamente de origen jesuita y más atenta a la simbología apocalíptica del suceso que a los datos científicos, los contornos geográficos de aquel desastre eran tan alarmantes como imprecisos. Desistí, pues, del empeño y si bien el enigma nunca llegó a atormentarme, sí me dejó ese mal sabor de boca que producen siempre los fracasos.

 

 

II

 

Eran las dos de la tarde de aquel día de otoño. Me dirigía a la estación, de vuelta ya a la Capital. El tren tenía prevista su llegada a las cinco y cuarto. Tenía tiempo. Así que me detuve a comer algo en la pulpería que, salomónicamente, se enclavaba en un punto más o menos equidistante del pueblo y la estación.

 

            En el interior de la pulpería se encontraban el dueño, su mujer y un paisano. El dueño era un gringo mal encarado, apodado El Pulpito por su continuo recurso, según me contaron, a una frase hecha que, cuando se cabreaba, en su particular empleo del castellano sonaba más o menos así: -...me vayan a tomar pul'pito del sereno, eh!-. Merced a esto, el local era conocido como la Pulpería del Pulpito, lo que desagradaba a su propietario de forma tan ridícula que revalorizaba la chanza.

 

La mujer era una china que, lo poco que hablaba, lo hacía mirando al suelo. Cuando entré a la pulpería, acababa de poner un disco en la vitrola y canturreaba algo. El paisano, un peón de la estancia Los Caminos, del lugar, era el único cliente antes de mi llegada. Se mandaba una grapa pensativamente.

 

            Me senté a una mesa. Pedí locro, una jarra de vino, pan. No se oía más que el viento, fuera, y el disparate de un disco, tal vez folclórico, que el refrito de la púa viboreando trabajosamente por el surco no dejaba reconocer.

 

            Cuando, media hora más tarde, se volvió a abrir la puerta de la pulpería, yo ya había renunciado a terminar el locro recalentado. Entró viento, recuerdo, agitando los pulcros manteles de las mesas desiertas. Entró polvo. Se dejaron oír lejanos ladridos de perros que debían ser viejos y debían estar flaquísimos. Entró, por fin, un hombre: era alto, de pelo y barba rojizas, ojos azules hinchados por la conjuntivitis, trajeado de negro. Cerró la puerta tras de sí y comprobó que todos lo mirábamos. La vitrola había dejado de sonar, no sé bien si antes o después de su entrada, pero el silencio acentuó aún más la atmósfera de expectativa que se había creado.

 

            Saludó con un gesto, se sacudió el polvo de los hombros, pidió grapa e invitó a la concurrencia. Todos aceptamos: el paisano, por gusto; el dueño, por interés; yo, por cortesía. La mujer se puso a barrer, sintiéndose, naturalmente, ajena al convite.

 

            Se presentó. Dijo llamarse Svend Karlseffin. Dijo venir de muy lejos. Dijo ser buscador de tesoros. Todos asentimos en silencio.

 

Preguntó, entonces, si alguien conocía un campo yermo ubicado cerca de un río manso, rodeado de árboles bajos que formaban una circunferencia casi perfecta, cuyo centro geométrico era una piedra gris de silueta cónica, donde no anidaban las alimañas por las emanaciones letales que producían sus componentes salinos.

 

            Hablaba pausadamente, con un acento extraño que sugería algún país remoto e inhóspito. No dio señales de alterarse ante la estupidez que el asombro dibujó en nuestros rostros tras su presentación. Se nos quedó mirando, como dándonos una segunda oportunidad. Yo sentí vergüenza: me tenía por un tipo mundano, acostumbrado a las mayores excentricidades, con recursos de sobra para salir de cualquier situación y, ahora, había reaccionado como un pajuerano deslumbrado por reclamos luminosos.

 

            El viajero dejó pasar unos segundos, como para darnos tiempo a acomodar las ideas y luego agregó, con el mismo aplomo de antes, aunque acentuando el tono de paciencia:

 

            -No necesariamente el solar al que me refiero debe reunir todas esas condiciones. La descripción es muy antigua y el terreno pudo haber experimentado cambios-

 

            La china, detrás de la fortaleza de su escoba, miraba fijamente al extraño. No barría, no canturreaba. En sus ojos, más que el asombro, la desconfianza.

 

El paisano habló, pausadamente. Pero antes de hacerlo nos consultó con la mirada, con esa tímida elegancia que caracteriza a los del lugar. Le refirió a Karlseffin el río que bordea Rancho Viejo por su banda más oriental, el Bajo Itatí. Era manso en verano, en invierno no tanto: por las lluvias. El paisano hablaba mirando de reojo su copa vacía y escogiendo las palabras con cuidado, lo que restaba tono coloquial a su descripción. Karlseffin oía con atención. Haciendo caso de la indirecta óptica del paisano, mandó llenar.

 

            Una vez que el peón de Los Caminos hubo concluido, no sé si para conformarlo o porque el testimonio le era realmente útil, Karlseffin comentó que el remoto autor de la descripción había permanecido poco tiempo en la zona y, por ciertas complicadísimas conjeturas, pudiera ser que justamente durante el estío. Así, no era arriesgado aventurar que le otorgara equivocadamente al Bajo Itatí una característica permanente que, en realidad, sólo detentaba una parte del año. Todos nos sentimos satisfechos, sin saber por qué. Como si estuviésemos obligados a aprobar un examen que nos hubiera puesto el extranjero; como si lo hubiésemos aprobado.

 

Karlseffin desplegó un plano ajado y enorme, que sacó de su voluminoso maletín. Pidió que le situaran el río, desde su nacimiento hasta su desembocadura. El paisano lo hizo como pudo, ayudado por el pulpero.

 

            Con relación a la piedra cónica y vaporosa, nadie supo informarlo. -Por el lado de la cordillera, piedras hay: busque ahí- le dijo el paisano, sin convicción. Menos aún se le pudo informar del campo circular, de los árboles petisos.

 

            El forastero volvió a abrir su maletín y sacó, esta vez, un cuaderno de tapas negras, cartabones y lápices, un compás. Hizo anotaciones, hizo también varios cálculos, tomó medidas en el mapa, trazó líneas sobre otras líneas ya trazadas. Por fin hizo un gesto de afirmación con la cabeza, nos dio las gracias, recogió todo lo que había desplegado sobre el mostrador y, pidiéndole algo de comer al pulpero, se retiró a una mesa alejada.

 

            El pulpero se metió en la cocina, la china se puso a barrer de nuevo, el paisano me dijo -Chau, don- y se fue, sin dejar de mirar a la mesa de Karlseffin, buscando su saludo pero sin atreverse a molestar.

 

            Me quedé solo, acodado al mostrador, descontento por no haber tenido un papel más activo en la conversación con el visitante, a pesar de haberme cautivado su inusual oficio de buscador de tesoros, su aspecto, sus descripciones.

 

            El pulpero le sirvió un plato de locro y una jarra de vino. Apuró la bebida con la avidez de los sedientos. -La gente que viaja mucho siempre tiene sed- pensé, recordando algún pasaje de la Ilíada o de la Eneida, tal vez de la Biblia. Me decidí a acercarme a su mesa.

 

            -Puedo sentarme con usted?- le pregunté.

 

            A modo de respuesta, Karlseffin apartó una silla y me miró a los ojos para invitarme a tomar asiento. Me dedicó una sonrisa generosa, que agradecí, y ordenó al pulpero que pusiera más vino y otro vaso.

 

            -Gracias-, le dije, cuando iba a llenarme el vaso -pero acabo de comer-

 

-El vino está al margen del apetito, mi amigo- contestó mientras me lo echaba. Alzó su copa con un guiño y brindamos, creando un clima de complicidad que me hizo ganar confianza.

 

            Hablamos. Dije ser periodista, más para justificar mi curiosidad que para presentarme. Le conté de mi profesión, de los motivos que me habían empujado a estas tierras olvidadas. Se interesó. El vino había relajado la tensión de sus gestos.

 

            Me preguntó por el resultado de mis investigaciones, que le parecieron notables. Hablaba de temas gauchescos con una erudición sorprendente. Me discutió el origen de las boleadoras, los colores iniciales de la enseña federal, la escuela arquitectónica de los fortines. Sólo la cortesía con que expresaba sus conocimientos evitaban la ofensa.

 

            Luego -hubo otra jarra de vino- me refirió su historia. Una historia que, si la memoria no me juega una mala pasada, transcribiré fielmente.

Diamante Vikingo

III

 

Karlseffin había nacido en Halifax, capital de Nueva Escocia, el mismo día en que los delegados alemanes firmaron el armisticio en Compiègne, poniendo fin a la Gran Guerra Europea, que luego la aritmética histórica convertiría en la Primera Mundial: el 11 de Noviembre de 1918.

 

            -El haber nacido en una fecha emblemática me empujó a las grandes empresas-, dijo, con cierta solemnidad.

 

            Su apellido era, en realidad, Karlmendeff, pero, según sus teorías, se trataba de una penosa deformación que el implacable paso del tiempo había producido sobre el original Karlseffin. Se remontó a finales del Siglo X para situar sus ancestros en la persona de Thorfin Karlseffin, acaudalado comerciante islandés de estirpe normanda que, hacia el año 1007, inicia un ambicioso y arriesgado viaje hacia tierras canadienses con idea de ampliar su mercado.

 

            -Tal vez con otras ideas- puntualizó el descendiente del remoto comerciante. -Tal vez más sublimes-

 

Allí, en las inmediaciones del Cabo Chidley, funda Helulandia (Tierra de Piedras), estableciendo una colonia con el objetivo de convertirla en vía de comercio con Islandia a través de la Isla de Gunnbjörn, también llamada Groenlandia. Muchos drakkars vikingos, anticipándose en medio milenio a las carabelas españolas, surcaron entonces los gélidos mares del norte, transportando mercancías y aventureros de un continente a otro. Los puertos se fueron impregnando de olor a bacalao seco, a pieles de castor, a licor de calvados.

 

            Las remotas razas originarias del territorio conquistado, brutales e irreductibles, hostigan continuamente a la colonia de los hombres del norte. Al principio, los duros guerreros normandos oponen feroz resistencia: se libran descomunales combates en los que jamás se hacen prisioneros. Pero, poco a poco, las fuerzas vikingas empiezan a flaquear. Falla, sobre todo, el avituallamiento. Los colonos, hartos de combatir y ver morir a sus familias, empiezan a abandonar Helulandia.

 

            -Antes, Odín los había abandonado a ellos-, se recreó Karlseffin.

 

Algunos habitantes huyen hacia el sur más benigno, hacia las colonias fundadas, más de un siglo atrás, por los hijos y seguidores del prócer vikingo Erik el Rojo. Se asientan, fundamentalmente, en Vinlandia (Tierra de la Vid, en el Cabo Cod), o en Marklandia (Tierra de la Noche, en la actual Nueva Escocia, donde, según Svend, se estableció uno de los innumerables nietos del comerciante Thorfin, echando así la semilla local de su árbol genealógico).

 

            Otros huidos, más emprendedores o más desorientados, se dirigen al norte terrible a fundar nuevas colonias. Surgen así Traveklandia (Tierra de los Osos), Zursmatrek (Bosques de Hielo) y la más mítica de todas: Landia-Jökull (Patria del Dios Rugiente), isla supuestamente paradisíaca a pesar de su localización (63º latitud norte), donde el gigantesco volcán en activo al que debía su nombre y su peculiar microclima, fue también el causante, tras entrar violentamente en erupción, de su fulminante desaparición bajo las heladas aguas del Mar del Labrador. Eso cuentan, al menos, ciertas antiquísimas sagas vikingas que Karlseffin dominaba con rigor.

 

ero hubo otras migraciones. Una de ellas, encabezada por el implacable Haakon, hijo de príncipes daneses que se pretendía enviado de Thor, elige aparentemente la vida nómada y, viajando siempre hacia el sur, se adentra en el ignoto continente americano. Muere quince años más tarde, aquejado de una extraña enfermedad que le trastorna la mente y le desfigura el rostro. Le incineran con honores de rey, a orillas de un río caudaloso que hubiese podido ser el Amazonas.

 

Pero la expedición americana no acaba con él: sus hombres continúan el viaje hacia la hondura austral. Karlseffin lo sabe, conoce el itinerario y los sublimes motivos.

 

            -Estoy en posesión del legado documental de Haakon- aseguró Karlseffin -Era hijo de príncipes, no lo olvide: además de rico, cruel y valiente, era culto: dejó testimonio escrito de las razones de su viaje y de la ruta seguida-

 

El jefe de la expedición vikinga cumplía una misión: llevar a los confines de la Tierra, como inequívoca señal del alcance de sus territorios, el tesoro más preciado de la Nación normanda: el botín de guerra arrancado a los persas en la más grande de todas las contiendas jamás libradas, La batalla del final de las civilizaciones: un diamante tallado de dimensiones colosales, de aristas geométricamente perfectas, de reflejos incontables. Era un fruto rígido entre la sangre de los tiempos, un cascote sagrado que dioses iracundos y orgullosos habían iluminado para siempre.

 

           

El Diamante Vikingo no era sólo una joya de valor incalculable, dotado de poderes divinos, era, sobre todas las cosas, el emblema de una raza feroz que doblegó y gobernó el mundo, cuando el mundo era caótico e ingobernable, antes de que papas, historiadores y políticos embusteros trazaran mapas en sus despachos repartiéndoselo inmerecidamente. Recuperar la talla de sus antepasados era recuperar la gloria que el tiempo les había arrancado. Era restituir, para sus legítimos herederos, los títulos de propiedad sobre el planeta que le correspondían. Era devolverle a la historia la verdad escondida durante siglos de impostura.

 

            En ese punto del relato, la mirada de Karlseffin se perdió y su voz adquirió un tono distante y flemático: no me hablaba a mí, se estaba dirigiendo a la humanidad. Como el Príncipe Haakon, Karlseffin era un elegido con una misión sagrada, un insigne embajador de estirpes supremas, un viajero sublime de los tiempos. Yo, simplemente, era un testigo casual al que se le revelaba un gran secreto, el anónimo fedatario de un testimonio egregio.

 

            -No está mal para un reportero de segunda fila-, pensé, sonriendo a escondidas.

 

IV

 

El buscador de tesoros debió notar que se había dejado vencer por su propio relato. Calló un momento. Esbozó una sonrisa que le devolvió humanidad a su rostro y, con un gesto cómplice, al tiempo que me llenaba un nuevo vaso de vino, me dijo en tono festivo:

 

            -El vino, amigo mío, me inflama demasiado el verbo. Así que tome, che -arrimándome el vaso-, le obligo como en el tango, y hable usted también: no deje que me embale solo con mi historia de viajes iniciáticos o acabará por tenerme miedo-

 

            Supimos cambiar de conversación, no para dejar de hablar de lo mismo, sino para hacerlo de otra manera: de modo más tangencial, menos genuino.

 

Supe entonces que Karlseffin había estado casado y no sólo una vez. Supe que no fue él quien dejó a sus esposas y creí saber, a partir de sus vagas confesiones, que aquellas mujeres, más que separarse, huyeron. Supe de sus conversiones religiosas, de sus múltiples y oscuros oficios, de su fortuna variable, de sus mudanzas imprevistas. Le dejé saber mi afición por las carreras de caballos, los nombres de mis autores de cabecera, mis incursiones en el vodevil.

 

Sin embargo, no llegué a contarle -y pensé en hacerlo-, aquella turbia pasión que mantuve con una corista brasilera, que me arrebató el sueño y que una noche, después de su actuación de costumbre en El Metropolitan, se fue para siempre de mi vida, dejándome una nota cruel junto a su liguero rojo y una opinión detestable sobre el amor. El no habló de fútbol, recuerdo, tampoco de su infancia. Ninguno de los dos mencionamos a Perón.

 

            Sí volvíamos sobre la expedición vikinga, a cada recoveco de conversación que el trago nos permitía. Las anécdotas eran, en realidad, la excusa para no dejar de hablar del diamante emblemático, de la ruta de Haakon. Eran el modo de hacer más ligera, más digerible o menos solemne, si se prefiere, la razón final de que siguiéramos charlando.

 

            Con una precisión sorprendente, supo describirme un combate de los vikingos contra una tribu diaguita que, cuando menos, puso de relieve su extraordinaria erudición sobre estrategias militares primitivas. La idea alucinante de unas hordas normandas que, poseídas por un impulso sagrado, cabalgaban sobre el desierto extenuante y repelían el malón furibundo, para entrar luego a sangre y fuego en las tolderías indias, violando con una crueldad ritual a sus aterradas mujeres mientras daban vivas a dioses remotos, era algo que se resistía a entrar en los dominios cartesianos de mi razón; una razón de muchacho educado en la lectura de los tratados positivistas de José Ingenieros.

 

-Mucho antes- afirmó Svend, categóricamente -de que las huestes españolas trajeran sus supercherías a este continente, los vikingos lo señalaron como suyo y el diamante de Haakon, oculto en alguna parte de esta región, lo prueba-

 

            -En parte- dije, un poco aturdido por el alcohol, un poco insolente -ese diamante es para los vikingos lo que la meada para los perros: les sirve para marcar su territorio-

 

            -Sin duda- me contestó, vagamente molesto -no es la mejor comparación que oí, pero reconozco que es bastante gráfica. Eso sí- agregó, con un toque cínico -: el diamante no huele-

 

Diamante Vikingo

V

 

He de reconocer que la parte menos clara del relato de Karlseffin, curiosamente, no estaba relacionada con la historia propiamente dicha del diamante vikingo. Los episodios del casco guerrero encontrado por Juan Díaz de Solís, que lo arroja al Río de la Plata para que "ninguna otra huella que la mía perdure"; del libro secreto del Padre Bartolomé de las Casas, destruido por el Vaticano bajo acusación de ser "el delirio senil de un hereje, que niega a la cristiandad sus derechos sobre el nuevo mundo", según consta en perdidos legajos de la Santa Inquisición; del tótem cheroqui que representa la figura de un rubicundo guerrero de trenzas pelirrojas y que obra en poder de una familia cuáquera del este de Filadelfia; todos esos episodios, no exentos de lagunas, de contradicciones, de escenarios dudosos, presentan sin embargo una claridad que los llena de crédito.

 

            La historia de Karlseffin se vuelve confusa cuando indago la forma en que accedió al legado escrito del Príncipe Haakon, base documental de toda su cosmogonía fantástica.

 

            -Lo conseguí con malas  artes-  me  confesó,  sin  pudor -coimeando a un ordenanza licencioso del Museo Oriental de Saint-Jean de Coeur-

 

            -El legado de Haakon lo tenía ese Museo?- pregunté.

 

            -El legado no tenía dueño: estaba en el Museo, pero sin clasificar ni exhibir. Lo tenían arrumbado en unos depósitos malolientes y caóticos ubicados en un sótano infranqueable-

 

            No quiso -o no supo- aclararme cómo conoció la  existencia de los documentos, cómo el Museo no advirtió su valor, cómo llegaron hasta allí. Aquel Museo, situado en los suburbios parisinos, propiedad de un marqués disoluto de origen toledano, cocainómano y algo afeminado, estaba falazmente especializado en artes orientales y había sido dado de baja del Catálogo Nacional de Museos, por su absoluta falta de rigor y su tendencia a organizar muestras y exposiciones que guardaban más relación con un espectáculo circense, que con su presunta intención divulgadora del "más puro arte oriental". Pero eso lo supe mucho después.

 

            Interrogué a Karlseffin acerca del valor que podía estimársele al diamante. Cometí un error. Por primera vez, el extranjero me miró con desconfianza. Sin duda, la pregunta lo había desilusionado. Mejor dicho, era yo quien acababa de desilusionarlo.

 

            -Valor?- dijo -O usted no me entendió, amigo, o es que se atrevería a ponerle precio a la sábana santa-

 

            -Disculpe- contesté, avergonzado -Tal vez quise medir la proeza de los suyos con esa magnitud universal que es el dinero. Le entiendo. Mi intención no era vulgarizar su relato, olvide la pregunta-

 

            Pero ya no fue posible recuperar el tono sincero y fluido de la conversación. Mi torpeza nos había distanciado.

 

            Karlseffin admitió que, aunque estaba seguro de que ésta era la región en la que se ocultaba el diamante, tenía serias dificultades para dar con su emplazamiento exacto. Le recomendé algunos baquianos del lugar, buenos conocedores del terreno.

 

            No sé si con pena o alivio, observé en mi reloj que eran más de las cinco. Había llegado la hora de despedirme del extranjero.

 

            -Se me va el tren, Karlseffin- le dije, poniéndome de pie y estrechándole la mano -Adiós. Le deseo suerte en su búsqueda-

 

-Gracias y hasta siempre- se despidió, mirándome a los ojos -Nos volveremos a ver-

 

            Tal vez con el apuro, ni me pidió ni le dejé la dirección. Era prácticamente imposible que se cumpliera el deseo expresado por Karlseffin en su saludo.

 

            El tren llegó con inusual puntualidad. Era un tren tan  desvencijado como el que, dos meses atrás, me había traído; tal vez, el mismo. Entró a trompicones en la patética estación Cuatro Reyes, llenando su desolado silencio de horrorosos crujidos metálicos, para partir al poco, alejándome para siempre de Rancho Viejo.

 

            Hasta aquí, el relato de la charla que mantuve entonces con Karlseffin. Creo que no se me pasó nada; importante, al menos. Fue en una tarde de otoño. Hace como veinte años.

                                                                          

VI

 

Ya en la Capital, pensé muchas veces en publicar la historia que me confió Karlseffin. Me persuadieron de hacerlo no sé si cierto temor oculto al ridículo, por dar crédito a la historia delirante de un aventurero, o la conciencia de respeto a un secreto sagrado del que me habían hecho custodio.

 

En las páginas del Vocero iban saliendo, semana a semana, mis crónicas costumbristas de Rancho Viejo. Conté, incluso, en un capítulo de estilo jocoso, mi visita a la Pulpería del Pulpito, su locro recalentado, las anécdotas del propietario. Ni una palabra de Karlseffin.

 

            Ni siquiera comenté el encuentro con los compañeros de la redacción, ni en las tertulias bohemias y tolerablemente snobs del Cafetín en que solía moverme, ni con mis amigos burreros. Simplemente, no me atreví. Algo, tal vez el respeto, tal vez el espanto, me impulsó a guardar el secreto.

 

            Confieso, eso sí, que, desde entonces, nunca dejé de buscar, al leer los diarios, la noticia del descubrimiento del descomunal diamante vikingo en pagos de Rancho Viejo. Mil veces imaginé cómo podría publicarse la noticia: la foto de Karlseffin con ropa de faena, el revuelo entre los historiadores, las contenidas declaraciones de las cancillerías escandinavas, el indisimulado disgusto de la corona española.

 

            Con el tiempo, no obstante, la búsqueda de esa noticia se convirtió en un ritual del desayuno, en un acto reflejo de la memoria. Había dejado de percibir la publicación de la noticia como un hecho factible. Pero seguía buscándola, con la mecánica fidelidad que la rutina impone a nuestros actos.

 

            De a poco, me fui acostumbrando a la idea de que aquel breve pasaje de mi vida, no superior a las dos horas y media, formaba parte de mi intimidad, como esas cosas que hacemos o nos ocurren y que nunca contamos. De vez en cuando, a solas en invierno, fumando, o en Hoteles vulgares, tras hacer el amor con mujeres pusilánimes que, al cabo, deseaba no haber conocido, bebiendo sorbos breves de whisky escocés, reconstruía en silencio la saga de aquellos vikingos que, bajo el severo mando del Príncipe Haakon, se adentraron en el continente americano portando el diamante que marcaría el alcance de su hazaña. Recordaba la figura desgarbada del errante Karlseffin, su fe ciega y erudita, su gesta solitaria.

 

            No volví a saber nada de él. Hasta la semana pasada.

 

            Fue en Buenos Aires. En Lavalle. Mirando carteleras de cine. Chocamos. Al principio iba a pronunciar el indiferente "perdón" de esos casos, cuando le reconocí, sobre todo por el pelo rojizo -se había quitado la barba-, por los ojos llorosos y azules. El también me reconoció, no sé si enseguida.

 

            -Es usted Svend Karlseffin?- pregunté, sabiendo que lo era.

 

            -Sí- contestó, visiblemente sorprendido.

 

            -No sé si me recuerda-  proseguí, algo  atropelladamente -Soy el periodista aquel que habló con usted en una Pulpería de Rancho Viejo, hace unos cuantos años-

 

            -Claro que me acuerdo- contestó, sin entusiasmo -Cómo anda?-

 

            Le dije que andaba bien. Lo invité a un café. Me dijo que estaba apurado, que otro día. Le pregunté por su búsqueda, por el diamante gigante de los vikingos. Me dijo que durante cerca de un año rastreó la zona del Bajo Itatí en busca de la piedra salina, en busca del campo circular. No halló nada.

 

            -Conocí entonces a un antropólogo británico- comentó -Me dio algunos datos nuevos, que quise verificar-

 

Se vino a Buenos Aires. Hizo averiguaciones y, sobre todo, una muy importante: los documentos en que basaba su teoría del viaje sagrado de Haakon, eran falsos. Jamás había existido ese Príncipe de la raza, ni el supuesto diamante robado a los persas. La ruta americana de los guerreros normandos era una pura invención.

 

            Todo se reducía a una vulgar estafa: Un pícaro con conocimientos de química e historia, en complicidad con el dueño del apócrifo Museo Oriental de París, había ideado y elaborado los documentos. Adecuadamente envejecidos en un laboratorio clandestino, se los había vendido por una cuantiosa fortuna a nuestro crédulo Karlseffin.

 

            -He recuperado mi apellido oficial- confesó azorado -: me llamo Karlmendeff. Por imperativos legales, no piense otra cosa-

 

            Yo no pensaba ninguna cosa. Karlseffin -tal vez, Karlmendeff- me explicó que, con algunos ahorros, había abierto un negocio en Once. Vendía recuerdos, peines, cuadritos. Me dejó una tarjeta.

 

            De un portafolios que llevaba encima -menos voluminoso que el que llevaba en la Pulpería, más nuevo-, cargado de muestras y baratijas, sacó una estuche de cuerina, lo abrió y pude ver lo que llevaba dentro: un vidrio labrado burdamente, con una inscripción en su base de cobre que ponía diamante vikingo. Me lo regaló.

 

Le dije que yo también estaba apurado. Nos saludamos. Me separé de él en la esquina de Cangallo. En una papelera de la siguiente cuadra tiré la tarjeta y el estuche con su absurdo diamante falso.

 

Comprobé que el desengaño nos hace odiar los recuerdos. Supe que la única salida que admite el delirio es la mediocridad. Comprendí por qué ese héroe patético que fue Don Quijote, tras recuperar la cordura, eligió morir.

 

            Durante mucho tiempo, mis únicas lecturas fueron El Gráfico, La Fija y Variedades. En el diario me hicieron jefe de redacción. No me pasé por Once. Nunca más volví a Rancho Viejo.

 

                                           Leo Romero

Alta traición

No amo mi Patria. Su fulgor abstracto

Es inasible.

Pero (aunque suene mal) daría la vida

Por diez lugares suyos, cierta gente,

puertos, bosques de pinos, fortalezas,

una ciudad deshecha, gris, monstruosa,

varias figuras de su historia,

montañas

(y tres o cuatro ríos).

 

José Emilio Pacheco

10/14/2005

Los espejos transparentes

Uno dice lo que dice, mas no dice lo que piensa.

Los espejos no reflejan: transparentan.

Todo mira fascinante de frente, pero no existe.

Todo vuelve por detrás y es lo real, invisible.

En lo que veo, no veo;

en lo que no veo, creo;

 en toda imagen apunta una múltiple presencia,

palpitante intermitencia del corazón: confusión;

y así me siento indeciso como un pobre hombre perdido,

como tú que ¿quién eres?, como yo que ¿quién soy?

Los espejos que me escupen hacia fuera,

y hacia dentro me proponen transparencias de distancias y silencios,

deben ser, quiero que sean, para mis obras ejemplo,

con mucha luz hacia fuera, con más secreto hacia dentro.

Juego al juego, sí, con trampa, como hay doblez en los versos.

Así se cuentan las cosas que nos pasan cada día,

y bien contadas parecen fascinantes y sin alma.

Si se piensa, nada es lo que se ve en el espejo.

La luz grande es un abismo y un estúpido misterio.

 

Gabriel Celaya

Yzur

Compré el mono en el remate de un circo que había quebrado. La primera vez que se me ocurrió tentar la experiencia a cuyo relato están dedicadas estas líneas, fue una tarde, leyendo no sé dónde, que los naturales de Java atribuían la falta de lenguaje articulado en los monos a la abstención, no a la incapacidad. "No hablan, decían, para que nos los hagan trabajar". Semejante idea, nada profunda al principio, acabó por preocuparme hasta convertirse en este postulado antropológico: Los monos fueron hombres que por una u otra razón dejaron de hablar. El hecho produjo la atrofia de sus órganos de fonación y de los centros cerebrales del lenguaje; debilitó casi hasta suprimirla la relación entre unos y otros, fijando el idioma de la especie en el grito inarticulado, y el humano primitivo descendió a ser animal. Claro es que si llegara a demostrarse esto quedarían explicadas desde luego todas las anomalías que hacen del mono un ser tan singular; pero esto no tendría sino una demostración posible: volver el mono al lenguaje. Entre tanto había corrido el mundo con el mío, vinculándolo cada vez más por medio de peripecias y aventuras. En Europa llamó la atención, y de haberlo querido, llego a darle la celebridad de un Cónsul; pero mi seriedad de hombre de negocios mal se avenía con tales payasadas. Trabajado por mi idea fija del lenguaje de los monos, agoté toda la bibliografía concerniente al problema, sin ningún resultado apreciable. Sabía únicamente, con entera seguridad, que no hay ninguna razón científica para que el mono no hable. Esto llevaba cinco años de meditaciones. Yzur (nombre cuyo origen nunca pude descubrir, pues lo ignoraba igualmente su anterior patrón), Yzur era ciertamente un animal notable. La educación del circo, bien que reducida casi enteramente al mimetismo, había desarrollado mucho sus facultades; y esto era lo que me incitaba más a ensayar sobre él mi en apariencia disparatada teoría. Por otra parte, sábese que el chimpancé (Yzur lo era) es entre los monos el mejor provisto de cerebro y uno de los más dóciles, lo cual aumentaba mis probabilidades. Cada vez que lo veía avanzar en dos pies, con las manos a la espalda para conservar el equilibrio, y su aspecto de marinero borracho, la convicción de su humanidad detenida se vigorizaba en mí. No hay a la verdad razón alguna para que el mono no articule absolutamente. Su lenguaje natural, es decir, el conjunto de gritos con que se comunica a sus semejantes, es asaz variado; su laringe, por más distinta que resulte de la humana, nunca lo es tanto como la del loro, que habla sin embargo; y en cuanto a su cerebro, fuera de que la comparación con el de este último animal desvanece toda duda, basta recordar que el del idiota es también rudimentario, a pesar de lo cual hay cretinos que pronuncian algunas palabras. Por lo que hace a la circunvolución de Broca, depende, es claro, del desarrollo total del cerebro; fuera de que no está probado que ella sea fatalmente el sitio de localización del lenguaje. Si es el caso de localización mejor establecido en anatomía, los hechos contradictorios son desde luego incontestables. Felizmente los monos tienen, entre sus muchas malas condiciones, el gusto por aprender, como lo demuestra su tendencia imitativa; la memoria feliz, la reflexión que llega hasta una profunda facultad de disimulo, y la atención comparativamente más desarrollada que en el niño. Es, pues, un sujeto pedagógico de los más favorables. El mío era joven además, y es sabido que la juventud constituye la época más intelectual del mono, parecido en esto al negro. La dificultad estribaba solamente en el método que se emplearía para comunicarle la palabra. Conocía todas las infructuosas tentativas de mis antecesores; y está de más decir, que ante la competencia de algunos de ellos y la nulidad de todos sus esfuerzos, mis propósitos fallaron más de una vez, cuando el tanto pensar sobre aquel tema fue llevándome a esta conclusión: Lo primero consiste en desarrollar el aparato de fonación del mono. Así es, en efecto, como se procede con los sordomudos antes de llevarlos a la articulación; y no bien hube reflexionado sobre esto, cuando las analogías entre el sordomudo y el mono se agolparon en mi espíritu. Primero de todo, su extraordinaria movilidad mímica que compensa al lenguaje articulado, demostrando que no por dejar de hablar se deja de pensar, así haya disminución de esta facultad por la paralización de aquella. Después otros caracteres más peculiares por ser más específicos: la diligencia en el trabajo, la fidelidad, el coraje, aumentados hasta la certidumbre por estas dos condiciones cuya comunidad es verdaderamente reveladora; la facilidad para los ejercicios de equilibrio y la resistencia al marco. Decidí, entonces, empezar mi obra con una verdadera gimnasia de los labios y de la lengua de mi mono, tratándolo en esto como a un sordomudo. En lo restante, me favorecería el oído para establecer comunicaciones directas de palabra, sin necesidad de apelar al tacto. El lector verá que en esta parte prejuzgaba con demasiado optimismo. Felizmente, el chimpancé es de todos los grandes monos el que tiene labios más movibles; y en el caso particular, habiendo padecido Yzur de anginas, sabía abrir la boca para que se la examinaran. La primera inspección confirmó en parte mis sospechas. La lengua permanecía en el fondo de su boca, como una masa inerte, sin otros movimientos que los de la deglución. La gimnasia produjo luego su efecto, pues a los dos meses ya sabía sacar la lengua para burlar. Ésta fue la primera relación que conoció entre el movimiento de su lengua y una idea; una relación perfectamente acorde con su naturaleza, por otra parte. Los labios dieron más trabajo, pues hasta hubo que estirárselos con pinzas; pero apreciaba -quizá por mi expresión- la importancia de aquella tarea anómala y la acometía con viveza. Mientras yo practicaba los movimientos labiales que debía imitar, permanecía sentado, rascándose la grupa con su brazo vuelto hacia atrás y guiñando en una concentración dubitativa, o alisándose las patillas con todo el aire de un hombre que armoniza sus ideas por medio de ademanes rítmicos. Al fin aprendió a mover los labios. Pero el ejercicio del lenguaje es un arte difícil, como lo prueban los largos balbuceos del niño, que lo llevan, paralelamente con su desarrollo intelectual, a la adquisición del hábito. Está demostrado, en efecto, que el centro propio de las inervaciones vocales, se halla asociado con el de la palabra en forma tal, que el desarrollo normal de ambos depende de su ejercicio armónico; y esto ya lo había presentido en 1785 Heinicke, el inventor del método oral para la enseñanza de los sordomudos, como una consecuencia filosófica. Hablaba de una "concatenación dinámica de las ideas", frase cuya profunda claridad honraría a más de un psicólogo contemporáneo. Yzur se encontraba, respecto al lenguaje, en la misma situación del niño que antes de hablar entiende ya muchas palabras; pero era mucho más apto para asociar los juicios que debía poseer sobre las cosas, por su mayor experiencia de la vida. Estos juicios, que no debían ser sólo de impresión, sino también inquisitivos y disquisitivos, a juzgar por el carácter diferencial que asumían, lo cual supone un raciocinio abstracto, le daban un grado superior de inteligencia muy favorable por cierto a mi propósito. Si mis teorías parecen demasiado audaces, basta con reflexionar que el silogismo, o sea el argumento lógico fundamental, no es extraño a la mente de muchos animales. Como que el silogismo es originariamente una comparación entre dos sensaciones. Si no, ¿por qué los animales que conocen al hombre huyen de él, y no los que nunca le conocieron?... Comencé, entonces, la educación fonética de Yzur. Tratábase de enseñarle primero la palabra mecánica, para llevarlo progresivamente a la palabra sensata. Poseyendo el mono la voz, es decir, llevando esto de ventaja al sordomudo, con más ciertas articulaciones rudimentarias, tratábase de enseñarle las modificaciones de aquella, que constituyen los fonemas y su articulación, llamada por los maestros estática o dinámica, según que se refiera a las vocales o a las consonantes. Dada la glotonería del mono, y siguiendo en esto un método empleado por Heinicke con los sordomudos, decidí asociar cada vocal con una golosina: a con papa; e con leche; i con vino; o con coco; u con azúcar, haciendo de modo que la vocal estuviese contenida en el nombre de la golosina, ora con dominio único y repetido como en papa, coco, leche, ora reuniendo los dos acentos, tónico y prosódico, es decir, como fundamental: vino, azúcar. Todo anduvo bien, mientras se trató de las vocales, o sea los sonidos que se forman con la boca abierta. Yzur los aprendió en quince días. Sólo que a veces, el aire contenido en sus abazones les daba una rotundidad de trueno. La u fue lo que más le costó pronunciar. Las consonantes me dieron un trabajo endemoniado, y a poco hube de comprender que nunca llegaría a pronunciar aquellas en cuya formación entran los dientes y las encías. Sus largos colmillos y sus abazones, lo estorbaban enteramente. El vocabulario quedaba reducido, entonces a las cinco vocales, la b, la k, la m, la g, la f y la c, es decir todas aquellas consonantes en cuya formación no intervienen sino el paladar y la lengua. Aun para esto no me bastó el oído. Hube de recurrir al tacto como un sordomudo, apoyando su mano en mi pecho y luego en el suyo para que sintiera las vibraciones del sonido. Y pasaron tres años, sin conseguir que formara palabra alguna. Tendía a dar a las cosas, como nombre propio, el de la letra cuyo sonido predominaba en ellas. Esto era todo. En el circo había aprendido a ladrar como los perros, sus compañeros de tarea; y cuando me veía desesperar ante las vanas tentativas para arrancarle la palabra, ladraba fuertemente como dándome todo lo que sabía. Pronunciaba aisladamente las vocales y consonantes, pero no podía asociarlas. Cuando más, acertaba con una repetición de pes y emes. Por despacio que fuera, se había operado un gran cambio en su carácter. Tenía menos movilidad en las facciones, la mirada más profunda, y adoptaba posturas meditativas. Había adquirido, por ejemplo, la costumbre de contemplar las estrellas. Su sensibilidad se desarrollaba igualmente; íbasele notando una gran facilidad de lágrimas. Las lecciones continuaban con inquebrantable tesón, aunque sin mayor éxito. Aquello había llegado a convertirse en una obsesión dolorosa, y poco a poco sentíame inclinado a emplear la fuerza. Mi carácter iba agriándose con el fracaso, hasta asumir una sorda animosidad contra Yzur. Éste se intelectualizaba más, en el fondo de su mutismo rebelde, y empezaba a convencerme de que nunca lo sacaría de allí, cuando supe de golpe que no hablaba porque no quería. El cocinero, horrorizado, vino a decirme una noche que había sorprendido al mono "hablando verdaderas palabras". Estaba, según su narración, acurrucado junto a una higuera de la huerta; pero el terror le impedía recordar lo esencial de esto, es decir, las palabras. Sólo creía retener dos: cama y pipa. Casi le doy de puntapiés por su imbecilidad. No necesito decir que pasé la noche poseído de una gran emoción; y lo que en tres años no había cometido, el error que todo lo echó a perder, provino del enervamiento de aquel desvelo, tanto como de mi excesiva curiosidad. En vez de dejar que el mono llegara naturalmente a la manifestación del lenguaje, llaméle al día siguiente y procuré imponérsela por obediencia. No conseguí sino las pes y las emes con que me tenía harto, las guiñadas hipócritas y -Dios me perdone- una cierta vislumbre de ironía en la azogada ubicuidad de sus muecas. Me encolericé, y sin consideración alguna, le di de azotes. Lo único que logré fue su llanto y un silencio absoluto que excluía hasta los gemidos. A los tres días cayó enfermo, en una especie de sombría demencia complicada con síntomas de meningitis. Sanguijuelas, afusiones frías, purgantes, revulsivos cutáneos, alcoholaturo de brionia, bromuro -toda la terapéutica del espantoso mal le fue aplicada. Luché con desesperado brío, a impulsos de un remordimiento y de un temor. Aquél por creer a la bestia una víctima de mi crueldad; éste por la suerte del secreto que quizá se llevaba a la tumba. Mejoró al cabo de mucho tiempo, quedando, no obstante, tan débil, que no podía moverse de su cama. La proximidad de la muerte habíalo ennoblecido y humanizado. Sus ojos llenos de gratitud, no se separaban de mí, siguiéndome por toda la habitación como dos bolas giratorias, aunque estuviese detrás de él; su mano buscaba las mías en una intimidad de convalecencia. En mi gran soledad, iba adquiriendo rápidamente la importancia de una persona. El demonio del análisis, que no es sino una forma del espíritu de perversidad, impulsábame, sin embargo, a renovar mis experiencias. En realidad el mono había hablado. Aquello no podía quedar así. Comencé muy despacio, pidiéndole las letras que sabía pronunciar. ¡Nada! Dejelo solo durante horas, espiándolo por un agujerillo del tabique. ¡Nada! Hablele con oraciones breves, procurando tocar su fidelidad o su glotonería. ¡Nada! Cuando aquéllas eran patéticas, los ojos se le hinchaban de llanto. Cuando le decía una frase habitual, como el "yo soy tu amo" con que empezaba todas mis lecciones, o el "tú eres mi mono" con que completaba mi anterior afirmación, para llevar a un espíritu la certidumbre de una verdad total, él asentía cerrando los párpados; pero no producía sonido, ni siquiera llegaba a mover los labios. Había vuelto a la gesticulación como único medio de comunicarse conmigo; y este detalle, unido a sus analogías con los sordomudos, hacía redoblar mis preocupaciones, pues nadie ignora la gran predisposición de estos últimos a las enfermedades mentales. Por momentos deseaba que se volviera loco, a ver si el delirio rompía al fin su silencio. Su convalecencia seguía estacionaria. La misma flacura, la misma tristeza. Era evidente que estaba enfermo de inteligencia y de dolor. Su unidad orgánica habíase roto al impulso de una cerebración anormal, y día más, día menos, aquél era caso perdido. Más, a pesar de la mansedumbre que el progreso de la enfermedad aumentaba en él, su silencio, aquel desesperante silencio provocado por mi exasperación, no cedía. Desde un oscuro fondo de tradición petrificada en instinto, la raza imponía su milenario mutismo al animal, fortaleciéndose de voluntad atávica en las raíces mismas de su ser. Los antiguos hombres de la selva, que forzó al silencio, es decir, al suicidio intelectual, quién sabe qué bárbara injusticia, mantenían su secreto formado por misterios de bosque y abismos de prehistoria, en aquella decisión ya inconsciente, pero formidable con la inmensidad de su tiempo. Infortunios del antropoide retrasado en la evolución cuya delantera tomaba el humano con un despotismo de sombría barbarie, habían, sin duda, destronado a las grandes familias cuadrumanas del dominio arbóreo de sus primitivos edenes, raleando sus filas, cautivando sus hembras para organizar la esclavitud desde el propio vientre materno, hasta infundir a su impotencia de vencidas el acto de dignidad mortal que las llevaba a romper con el enemigo el vínculo superior también, pero infausto, de la palabra, refugiándose como salvación suprema en la noche de la animalidad. Y qué horrores, qué estupendas sevicias no habrían cometido los vencedores con la semibestia en trance de evolución, para que ésta, después de haber gustado el encanto intelectual que es el fruto paradisíaco de las biblias, se resignara a aquella claudicación de su extirpe en la degradante igualdad de los inferiores; a aquel retroceso que cristalizaba por siempre su inteligencia en los gestos de un automatismo de acróbata; a aquella gran cobardía de la vida que encorvaría eternamente, como en distintivo bestial, sus espaldas de dominado, imprimiéndole ese melancólico azoramiento que permanece en el fondo de su caricatura. He aquí lo que, al borde mismo del éxito, había despertado mi malhumor en el fondo del limbo atávico. A través del millón de años, la palabra, con su conjuro, removía la antigua alma simiana; pero contra esa tentación que iba a violar las tinieblas de la animalidad protectora, la memoria ancestral, difundida en la especie bajo un instintivo horror, oponía también edad sobre edad como una muralla. Yzur entró en agonía sin perder el conocimiento. Una dulce agonía a ojos cerrados, con respiración débil, pulso vago, quietud absoluta, que sólo interrumpía para volver de cuando en cuando hacia mí, con una desgarradora expresión de eternidad, su cara de viejo mulato triste. Y la última noche, la tarde de su muerte, fue cuando ocurrió la cosa extraordinaria que me ha decidido a emprender esta narración. Habíame dormitado a su cabecera, vencido por el calor y la quietud del crepúsculo que empezaba, cuando sentí de pronto que me asían por la muñeca. Desperté sobresaltado. El mono, con los ojos muy abiertos, se moría definitivamente aquella vez, y su expresión era tan humana, que me infundió horror; pero su mano, sus ojos, me atraían con tanta elocuencia hacia él, que hube de inclinarme de inmediato a su rostro; y entonces, con su último suspiro, el último suspiro que coronaba y desvanecía a la vez mi esperanza, brotaron -estoy seguro-, brotaron en un murmullo (¿cómo explicar el tono de una voz que ha permanecido sin hablar diez mil siglos?) estas palabras cuya humanidad reconciliaba las especies: -AMO, AGUA, AMO, MI AMO....

 

Leopoldo Lugones

                                                                                                    

10/5/2005

Los descansos

I

 

Ni ahora ni después

ni al mediodía

ni en la tarde brevísima

ni en la noche pesada

ni mañana

ni dentro de diez días

tendré

lo que se dice

tiempo

de ahí que el descanso sea

una gloriosa

inmerecida siesta

que siempre duermen

otros.

 

II

 

Uno quisiera a veces conseguir un insomnio

para tasar con calma

con cordura

los fracasos las viles resonancias

y aprender del silencio

ese maestro

 

un insomnio sin miedo

sin ruidos evidentes

agresivos

 

a lo sumo escuchar la tarea ominosa

de los tercos roedores de la noche

sentir cómo sus dientes

diminutos

constantes

destruyen el futuro

 

un insomnio sereno

para que el viejo espíritu

o la nueva cabeza

canjeen de una vez sus exiguas angustias

por una angustia grande

crecida verdadera

 

pero ya no se puede

no existe ese derecho

 

a la noche uno cae como una roca ajena

como un susto

de plomo

y el sueño es nada más que una vacía

sinopsis de la muerte.

 

Mario Benedetti

 

 

 

10/3/2005

Instrucciones para subir una escalera

 
 
Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el
suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo
recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se
coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva
perpendicular, conducta que se repite en espiral o en linea
quebrada hasta alturas sumamente variables.
Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de
las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente,
se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón.
Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos
elementos, se situa un tanto más arriba y adelante que el
anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que
cualquiera otra combinación producirá formas quizá más
bellas o pintorescas, pero incapaces de transladar de una
planta baja a un primer piso.
Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de
costado resultan particularmente incómodas. La actitud
natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando
sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos
dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores
al que pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir
una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo
situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero
o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente
en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte,
para que abreviar llamaremos pie, se recoge la parte
equivalente de la izquierda (tambien llamada pie,
pero no ha de confundirse con el pie antes citado), y
llevandola a la altura del pie, se le hace seguir hasta
colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en este
descansará el pie, y en el primero descansará el pie.
(Los primeros peldaños son siempre los más difíciles,
hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia
de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación.
Cuídese epecialmente de no levantar al mismo tiempo
el pie y el pie).
Llegado en esta forma al segundo peldaño,
basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse
con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente,
con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio,
del que no se moverá hasta el momento del descenso.
 
 
Julio Cortazar